viernes, 22 de septiembre de 2017

El mundo de los "hayques" y los "esques"


En el mundo de los “hayques” y los “esques” nunca ocurre nada… nada bueno. No se avanza, no se crece, no se evoluciona, porque no se construye nada.

Seguro que todos habéis vivido, o vivís a diario, situaciones en las que, ante un problema, siempre hay alguien que dice “hay que hacer este cambio”, “hay que llamar a tal persona”, “hay que terminar este proyecto”, “hay que …”. Parecen frases constructivas, de acción; sin embargo, son sólo una indeterminación y un autoengaño. Diciendo esas frases, lo único que estamos haciendo es identificar una situación a la que no estamos poniendo solución. No estamos actuando, no estamos identificando quién ha de hacerlo, no estamos planificando, sólo estamos autogenerando la sensación de que lo hacemos. Porque sí, porque parece que decirlo lo convierte en real, pero lo malo es que si nadie coge el testigo y asume la tarea o la acción como suya y se responsabiliza de ella, al final, se queda sin hacer.

¿Y que ocurre entonces? Como no ocurre nada, porque después de una reunión llena de “hayques”, se termina y se sigue con el trabajo del día a día, olvidando los “hayques” sin asignar, esperando que alguien los asuma; entonces llegan los “esques”. ¿Y qué son los “esques”? Los “esques” son las excusas que damos cuando después de ese “nada ha ocurrido”, alguien ha preguntado ¿Por qué esta tarea está sin terminar? ¿Habéis llamado a esta persona? ¿Está resuelto este problema? Es entonces cuando decimos “es que no era tarea mía”, “es que pensaba que lo iba a hacer Fulanito”, “es que tenemos otras prioridades” … y en realidad no nos hemos parado a pensar que no hay nada peor que la indeterminación y el miedo, o las pocas ganas, de asumir tareas o responsabilidades. Incluso cuando hay alguien con iniciativa en un equipo que funciona a golpe de “hayques”, que siempre acaba asumiendo estas tareas, lo que ocurre es que se cansa, se frustra y se quema, por ser el único que lo hace, y nadie sabe por qué… o prefieren no saberlo.

El “hayque” puede parecer una simple manera de hablar, pero toda mi experiencia se ha empeñado en demostrarme que es mucho más que eso. La buena noticia es que, una vez identificado, es más fácil solucionarlo. Por eso le digo siempre a los equipos con los que trabajo, no me digas “hay que hacer”, dime quién va a hacerlo o que necesitas que asigne la tarea. Y funciona, no os imagináis lo sorprendente del resultado de un “simple” cambio en la manera de plantear las cosas. Es mucho más productivo, más eficiente y más “sano” para los equipos de trabajo, convertir los “hayques” y los “esques” en personas concretas que hacen tareas, las estiman, les ponen plazos y explican los cumplimientos y los incumplimientos y ponen medidas para corregirlos si los hay. Si nos dejamos de “hayques” y de “esques” podremos centrar nuestro esfuerzo en buscar y aportar soluciones, en asumir responsabilidades y evitar buscar culpables de tareas que nadie ha hecho, porque ni siquiera sabía que la tenía que hacer.


Dejemos las suposiciones y las asunciones. Es mucho más sencillo trabajar en claro, sabiendo en cada momento quién hace qué y qué esperar de cada uno. No dejemos que los “hayques” y los “esques” formen parte del equipo. ¡Funciona mucho mejor sin ellos!

jueves, 20 de julio de 2017

Seguir caminando...

Ruta de Sar - Santiago de Compostela
A todos nos gusta saber qué va a pasar, hacer planes, y que se cumplan. Sin embargo, en la vida también tenemos que estar preparados para seguir caminando cuando sólo vemos un trozo del camino, justo el que tenemos delante de nuestros pies, cuando no sabemos lo que habrá tras el siguiente recodo, y sólo podemos imaginar, o desear, lo que habrá al final. La primera vez que se recorre un camino siempre intentamos planificar el viaje pero, ¿qué ocurre cuando hay imprevistos? ¿qué pasa si las cosas no salen como teníamos pensado? ¿hasta dónde podemos influir en lo que ocurre? A veces en muy poco, y sólo nos queda intentar que nuestra reacción ante esas cosas  que nos suceden, nos ayude a seguir construyendo nuestra vida y no nos quedemos parados esperando a que algo pase... porque lo más seguro es que si no hacemos nada, nada acabe pasando, salvo nuestra vida sin vivir.

La vida es un viaje en el que hay que seguir andando, siempre hacia delante, no hay posibilidad de parar ni de retroceder, sólo nos queda avanzar para descubrir qué habrá al doblar la esquina. Muchos dicen que para eso hay que ser valientes, que el valor tenemos que encontrarlo en nuestro interior. ¿Es de verdad esto cierto? Yo creo que nadie es valiente ni cobarde, sino que el valor lo demostramos, o no, en cada decisión que tomamos, en cada acción que acometemos, en las cosas que hacemos. No es una cualidad que tengamos para siempre ni desde siempre, sino que en cada momento de nuestra vida en el que debemos tomar una decisión complicada, el valor es el que hace que finalmente hagamos lo que tenemos que hacer para seguir avanzando. No es que el valor nos haga tomar buenas decisiones, ojalá fuese así, pero nos ayuda a tomarlas y a no quedarnos parados mientras el tiempo sigue corriendo.

Hace unos días, viendo la película "The Rookie" (El novato), decían una frase que más o menos literalmente era
"Está muy bien pensar en lo que quieres hacer en la vida... hasta que llega el momento de hacer lo que debes hacer"
Es una frase que le dice el padre del protagonista de la película a éste, que está en la duda de elegir cumplir su sueño de jugar en las grandes ligas de baseball, o si debe renunciar a ello y escoger un puesto de profesor que le permita ganar un sueldo para cuidar de su familia.

Yo me pregunto... ¿Qué significa hacer "lo que se debe"? ¿Significa cumplir el plan que habíamos hecho para nuestra vida aunque no seamos felices con ello? ¿Significa cumplir con lo que se espera de nosotros, con los planes que sin querer o queriendo otros han hecho para nosotros?¿Significa elegir hacer la ruta viendo el destino final según todos los cánones establecidos? ¿O significa elegir la opción que nos hace felices? Aquí llegarán todas las discusiones posibles. Unos dirán que hay que hacer "lo correcto", otros dirán que hay que tomar la decisión que nos hace felices, y habrá un montón de personas que, a nuestro alrededor, nos quieran dar consejos sobre lo que debemos hacer.  

Todas esas personas seguirán viviendo su vida con independencia de la decisión que tomemos, y muchas veces no se darán cuenta de cuánto influyen en nuestra decisión. Nuestros miedos a no estar bien vistos, al que dirán, a lo que está socialmente aceptado, a no hacer daño, los miedos que todos tenemos (y cada uno sabe los suyos) nos pueden hacer vacilar y elegir el camino conocido, el planificado, el "correcto". En esas ocasiones quizás debamos pensar ... 

¿Puedo seguir andando sin ver el final del camino? ¿Y si construimos nuestro propio camino? Pensémoslo con cuidado y con el tiempo que necesitemos, porque en nuestra respuesta, y en lo que hagamos, estará el resto de nuestra vida... o al menos hasta el siguiente recodo. Y sólo nosotros somos los que vivimos cada día, cada minuto de nuestra vida con nosotros mismos.





jueves, 6 de julio de 2017

El difícil arte de la crítica


Resultado de imagen de critica constructiva
Una de las tareas que debo desarrollar en mi entorno profesional es la de auditar y revisar procesos, definir procedimientos y “criticar” los que ya existen dentro de las organizaciones con las que colaboro. Esta tarea me ha hecho hacer muchas preguntas, proponer muchas acciones y cuestionar situaciones de esas que “siempre se han hecho así”. Pero más allá del ámbito profesional, me ha hecho reflexionar sobre lo fácil y difícil que nos resulta a las personas criticar… Toda una contradicción.

Cuando tenemos delante algo que no nos gusta, o que sabemos que no está bien, que nuestra experiencia ha demostrado una y mil veces que acabará en fracaso, caemos en la tentación de decirlo de la forma más clara posible. Uno de los defectos que trato de corregir en mí misma es justamente ese exceso de claridad. Muchas veces me han dicho que hay que ser sinceros, pero en aras de esa sinceridad, atropellamos a nuestro interlocutor por no pararnos un minuto y ponernos en su lugar.

Decir la verdad, apuntar lo que no es correcto no es tarea fácil. Hay que tener en cuenta muchas cosas que a veces se nos olvidan. La primera, y la más importante de todas, que al otro lado hay una persona que puede sentirse mal con lo que le estamos diciendo, y no tanto por el contenido como por la forma… o por ambos. En estos casos, yo intento seguir las recomendaciones de un buen amigo que me decía: cuando tengas que explicar algo a alguien y sabes que es posible que no le guste, prepáralo, plantéate opciones de cómo contarlo, y cuando hables, escúchate desde sus oídos. Ese consejo, que no es fácil de seguir, siempre me ha dado resultados estupendos.

Cuando ponemos en valor lo realmente importante, cuando nos damos cuenta de que la verdad, nuestra verdad, nuestros argumentos, nuestras razones, nunca están por encima de las personas, en ese momento habremos aprendido a criticar.

A todos se nos llena la boca con sentencias del tipo “no digo nada que no sea cierto”, “sé que tengo razón” o la peor de todas “¡es una crítica constructiva!”. ¿De verdad sabemos lo que es una crítica constructiva? Desde mi punto de vista no es sólo una crítica que tiene como objetivo solucionar un problema o construir una solución. Para que sea constructiva, la crítica no debe ofender, debe ser empática, debe proponer soluciones, y sobre todo, nunca debe olvidarse de que nunca está por encima de la persona que la está escuchando.

“Tener razón” o “tener más experiencia” que nuestro interlocutor, no nos da nunca el derecho de avasallar, de sentenciar, ni de hacer sentir al otro que lo estamos cuestionando como persona. Un ejemplo que seguro que todos hemos vivido alguna vez: Nuestro jefe nos encarga un trabajo. Nos da unas indicaciones mínimas porque las prisas y el hecho de que él/ella tienen claro lo que quieren, le hace pensar en que le hemos entendido. Como es nuestro jefe y no siempre tenemos el “valor” de decir que no lo tenemos claro, lo hacemos como mejor podemos. Seguro que todos habéis vivido resultados para todos los gustos… Desde “esto no sirve para nada” a “yo esperaba más de ti”… y son sólo las frases más suaves que he escuchado. ¿Solucionan el problema? Me temo que no… lo único que hacen es crear una inseguridad que convierte a este tipo de jefes en “embudos”. A partir de la primera crítica, nadie hará nada sin validarlo 30 veces y obtener su aprobación… cuando se consigue.

¿No sería mejor dar indicaciones claras? Nadie está en nuestra cabeza ni nadie sabe lo que queremos, eso está claro, pero también es cierto que nadie hará las cosas como nosotros.
He leído en alguna parte que no recuerdo, una frase que decía algo como esto:
Allá donde vayas, siempre te encontrarás a personas mejores y peores que tú. Encuentra tu lugar entre ellas y aprende de todas.

Al final, lo importante en la vida, en cualquier ámbito de ella, es el respeto, la comprensión, la empatía… y las personas, que siempre estarán por encima de cualquier razón. Si no olvidamos este principio, quizás estemos en el buen camino para ejercer el arte de la crítica.



sábado, 22 de abril de 2017

El verdadero valor de las cosas

El valor de las cosas no está en el tiempo que duran, sino en la intensidad de cómo suceden...  por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables.

Hoy hemos puesto a la venta la casa de mis abuelos, la casa en la que nació mi padre y en la que yo he vivido momentos de niñez. Desde hace ya cuatro años sus paredes ya no oyen palabras, risas, música, ruido... Las personas que la han llenado de historia se han ido y la única que queda necesita demasiados cuidados como para estar a los 1000 kilómetros de distancia que separan Santiago de Valencia. 

Así que hemos tomado la decisión de venderla y utilizar ese dinero para cuidar de esa persona que tantos momentos nos ha hecho vivir en esa casa. No os podéis imaginar lo difícil que es ponerle precio, porque sí, el mercado, el perito, su situación geográfica, su estado de conservación... eso le pone precio, pero la sensación de final de etapa me ha hecho reflexionar que ese no es su valor. Cuán distinto es precio y valor...

Las personas que vayan a verla o que estén interesadas en comprarla, lo primero que percibirán al entrar será posiblemente el olor de una casa cerrada desde hace cuatro años... Van a ver simplemente sus paredes, sus suelos, los desconchones que hay en alguna pared, el polvo que lo cubre todo... y pensará para sí mismo si esta casa vale o no el precio que hemos fijado.

Ninguno de los posibles compradores de esa casita verá, desde los ojos de una niña, las tardes de verano en el patio, metida en un barreño con agua y regándose con un botijo de plástico amarillo. Tampoco verán como con una escoba tamaño infantil "pintaba con agua" los baldosines catalanes del patio, que se secaban demasiado rápido porque estaban al sol y había que "volver a pintar".  No verá como la abuela se peinaba su moño perfecto sentada en una silla con asiento de esparto y un cojín de flores. No la verán ganchillar con sus manos arrugadas pero expertas, aquellas maravillosas colchas que nos hacía mientras nos miraba por encima de las gafas. No sentirá el martillo partiendo almendras para hacer turrón combinado con las risas de las niñas que competían a ver quién partía más. No olerá los higos que se secaban en el altillo y que nos comíamos asados en la chimenea en Navidad. No verá a "Pintada", la gatita mimosa que nos miraba curiosa y se escapaba corriendo cuando queríamos que nos acompañase al agua... pobrecita, con tanto pelo tenía que tener calor... ella no pensaba lo mismo. Tampoco oirá a la tía regañarnos por hacer trenzas en las cortinas de hilos que se usaban para que no entrasen las moscas... Todas esas cosas no podrá verlas porque no están. Sólo quedan las paredes, los muebles, las cosas... sólo las cosas, esas a las que les podemos poner precio. Todo lo demás, por suerte, es impagable, no se vende, y se quedará para siempre en nuestros corazones.

Al final, como muchas veces ocurre en la vida, no valoramos los momentos que vivimos hasta que se convierten en recuerdo. Ojalá la persona que la compre la llene, la viva y le dé valor a sus momentos.

Os invito a asomaros un poquito a mis recuerdos... en la casa de la abuela

domingo, 26 de marzo de 2017

10 reflexiones sobre la gestión del cambio


A lo largo de nuestra vida, tanto profesional como personal, todos nos hemos encontrado cosas que no funcionan, pero no sólo no funcionan, sino que todo el mundo sabe que son ineficientes y que causan problemas. Sin embargo, ante esas cosas que pasan nos hemos encontrado también con frases del tipo “ahora no tengo tiempo”, "ese no es mi problema", o la más terrible de todas ... "es que siempre se ha hecho así".

Precisamente hace unos días hablaba de esas situaciones y contaba mi experiencia sobre la gestión del cambio en un seminario. Después de describir 3 casos reales con las situaciones que se produjeron, los problemas, los conflictos ... y las soluciones... hacía una recopilación de 10 reflexiones que, en vista de los comentarios del maravilloso público que me regalaba su tiempo escuchándome, quiero compartir con vosotros.

Replicar estructuras o tomar un modelo de referencia no siempre garantiza el éxito: Mejor Adaptar antes de Adoptar
Muchas veces pensamos que algo que funciona en un entorno va a funcionar en otro, como pasaba en uno de los casos que contaba, en el que una pequeña empresa intentaba replicar la estructura de una multinacional y estuvo a punto de ahogarse en medio de la burocracia. Pararse a analizar qué sirve, qué no sirve y construir nuestro propio modelo es mejor que sólo tratar de replicar.

Nadie mejor que nosotros mismos sabemos lo que mejor se adapta a nuestras necesidades. No copiemos... aprovechemos la experiencia de otros pero aportando la nuestra y entendiendo las condiciones que nos rodean.

Las personas son el centro del cambio. No es posible gestionar el cambio si no se gestiona a las personas que participan en él o que se vean afectadas por él
¿Por qué nos empeñamos en definir procesos, procedimientos, normas, herramientas ... y nos olvidamos de que somos las personas las que las aplicamos? Todos somos personas y tenemos nuestras virtudes y defectos, pero sobre todo lo que tenemos es capacidad de decidir qué hacemos y qué no. En demasiadas ocasiones el cambio no se consigue implementar porque nos hemos olvidado de gestionar a las personas afectadas, involucradas o interesadas en que las cosas ocurran ... o que no lo hagan.

Desterremos el principio "siempre lo hemos hecho así"
No hay nada que frene más el cambio que nuestra propia inercia y la sensación de que "lo que ha funcionado, no lo toques". Si queremos cambiar, debemos aprender a hacer autocrítica. Ni lo nuestro es lo mejor ni tampoco es lo peor, lo que seguro que es … mejorable.

Querer hacerlo bien no es suficiente
En demasiadas ocasiones estamos tan convencidos de que queremos cambiar y de que somos capaces de hacerlo, que nos olvidamos de analizar todos los factores, que acaban convirtiéndose en frenos del cambio. Además, debemos ser conscientes de que necesitamos ayuda para cambiar ... ¡pidámosla! Lo que es nuevo para nosotros, lo que es un cambio, puede no serlo para otros ... aprovechemos la experiencia ajena, es mucho más eficiente.

Una buena herramienta de gestión puede ayudarnos en el proceso de cambio
A pesar de que el centro del cambio nunca es la herramienta que utilicemos para gestionarlo, no tener una buena herramienta hace que en ocasiones el cambio se quede en un deseo, en un plan, en un papel. Escojamos una herramienta que nos "obligue" a ir paso a paso, que nos recuerde lo que tenemos que hacer, y que nos permita ver cuánto hemos avanzado.

Tener buenos procedimientos es importante, pero aplicarlos correctamente y medir los resultados, lo es más
Muchas empresas contratan a consultoras expertas en la definición de procedimientos y procesos, y les parece que con eso ya tienen su sistema de calidad, que los hace mejores. Desde mi punto de vista, esa situación no sirve si desde la propia organización no lo hacemos posible aplicando los procedimientos que definamos. Si no lo hacemos, es sólo papel ... o un archivo de texto guardado en un repositorio ... sólo ocupa espacio, pero no mejora nada.

Resolvamos los conflictos cuanto antes
Es importante involucrar y obtener el compromiso de las personas que han de ejecutar el cambio. Si ellas no quieren, no se hará, nos pongamos como nos pongamos. Es por ello muy importante resolver cualquier conflicto cuanto antes. Da igual si es una simple discusión, un conflicto de intereses o un gran desacuerdo... cuanto más tardemos en resolverlo, más impacto tendrá en conseguir los objetivos del cambio.

No despreciemos el enorme impacto que tiene en las organizaciones un equipo desmotivado, desengranado o sin consenso y dediquemos tiempo a las personas.

Definamos indicadores adecuados
No se puede mejorar nada que no se mida, pero tampoco se trata de medir por medir. Muchas veces definimos tantas cosas a medir, que nos pasamos de frenada y no nos da tiempo a analizar los resultados. Definamos indicadores adecuados, revisémoslos, midámoslos, y cuando ya no sean útiles, definamos otros.

Tener más de 10-15 indicadores simultáneos nos dispersa la atención y la capacidad de mejora. Mejor pocos y bien definidos que un cuadro de mando que nunca miramos.

Es imprescindible tener claro el objetivo del cambio
Qué queremos alcanzar, por qué, cuánto nos cuesta, qué retorno esperamos. No se trata de cambiar por cambiar. En esta época en la que parece obligatorio subirse al carro de la transformación digital, muchas empresas quieren transformarse sin estar preparadas para ello, o lo que es más grave, sin necesitarlo demasiado. Parémonos un momento a pensar, y después decidamos. No dejemos que la sociedad o el entorno decida por nosotros.

Los grandes cambios siempre vienen acompañados de una fuerte sacudida. No es el fin del mundo, es el principio de uno nuevo.
Y finalmente, si estamos decidido a cambiar, desterremos el miedo, seamos conscientes de que puede haber sacudidas, malos momentos, situaciones de conflicto que arreglar... Si tenemos claro que de verdad lo queremos hacer y que va a ser una mejora, hagámoslo, será el principio de nuestro nuevo mundo.

Cambiar no es ni bueno ni malo, es sólo cuestión de naturaleza humana, lo que nos hace evolucionar, lo que nos hace imparables. No le neguemos al cambio la oportunidad de estar en nuestra vida, pero tampoco nos olvidemos de gestionarlo... el cambio es como un adolescente... si le dejas hacer lo que quiere, puede ser desastroso, pero si lo guías bien, se puede convertir en un adulto brillante.

jueves, 26 de enero de 2017

"Pesadilla en la oficina": Soy Interim Manager



Hace unos días hablaba con mis hijos sobre mi trabajo. ¿Qué es eso de interim manager mamá?
Les explicaba cómo mi objetivo es ayudar a las empresas con las que colaboro a mejorar sus procesos, a ayudarles a poner un proyecto en marcha, a formarlos sobre temas que desconocen. Cómo les acompaño una temporada, y después me voy.

Mi hijo mayor (15 años) se quedó mirándome y me dijo: ¡Ya entiendo! Eres como Chicote pero en versión oficina ... ¡Tienes que hacer el programa "Pesadilla en la oficina"! Nos reímos todos, pero no deja de ser una buena comparación que en algún momento más me servirá para explicar a qué me dedico a nivel profesional.

A pesar que el modelo de interim manager lleva ya en vigor desde la época de los 80, no es sencillo siempre que te miren "con buena cara" cuando lo explicas. En mi experiencia me estoy encontrando muchas veces con que una de las mayores trabas es la sensación de miedo y resistencia por parte de las empresas, con independencia de su tamaño: "Voy a enseñarle a un externo todas mis miserias y todos mis secretos industriales".

Es una duda razonable, completamente comprensible, pero es la misma duda que tendríamos que tener si contratamos a una persona para un puesto alto de gestión. ¿Qué pasa si no funciona, si "nos roba" el conocimiento o descubre cosas que pueden llevar a nuestra competencia y sacarnos mercado?

La confianza en el profesional no debe estar asociada a la duración de su contrato ni a si es personal interno o externo, sino a sus capacidades, experiencia y cualidades para alcanzar los objetivos que necesitamos conseguir como empresas
Al final, es sólo cuestión de confianza. Si no crees que pueda ayudarte, no lo contrates, pero en ninguna modalidad, ni en plantilla ni como interim. Pero si de verdad tiene la experiencia y capacidad que necesitas, si de verdad te aporta valor, firma un acuerdo de confidencialidad y aprovecha sus cualidades. Los beneficios de contar con estos perfiles, y que he tenido la suerte de vivir, pueden ser muy variados, pero al final, todos importan:


  • Tenemos unos objetivos definidos a ejecutar y entregar. No cobramos por hora/hombre ni por asistencia, sino por el valor real del servicio que prestamos. 
  • No "estiramos" los tiempos. Lo que pretendemos es comenzar el servicio en el menor plazo de tiempo posible, y siempre lo acordamos con el cliente: si pueden ser días, no serán semanas.
  • Aportamos toda nuestra experiencia profesional con independencia del tamaño del cliente o del proyecto. En muchas ocasiones, no se contratan perfiles altos porque no son sostenibles económicamente en la empresa, pero sin embargo, esta modalidad permite que el coste no sea "para siempre" sino sólo para cubrir la necesidad concreta.
  • Objetividad. No somos juez y parte, con lo que podemos ser imparciales en las observaciones. Es más sencillo ser objetivo cuando no tienes la presión de la cultura de la empresa.
  • Asumimos la responsabilidad del resultado y es más sencillo, aunque parezca mentira, que el personal haga caso a un externo cuando se trata de cambiar procesos.
  • Nuestro trabajo es nuestra marca, por lo que el nivel de compromiso que adquirimos es muy alto. Las referencias de cada proyecto, de cada cliente, son nuestra vida. Es por ello por lo que cada empresa con la que trabajamos se lleva "un poquito de nosotros".
Para mí, en mi experiencia de algo más de un año en este perfil, en los casos en los que he salvado el escollo inicial de "que seas un externo no me acaba de convencer", la experiencia es tremendamente positiva. De todas las empresas con las que he colaborado, de todos los proyectos en los que he participado, me he quedado con cosas positivas, aprendizajes de qué hacer y de qué no ... y todos ellos, se llevan una parte de mí que les regalo, que comparto con ellos y que acaban haciendo que me sienta orgullosa de haber puesto mi granito de arena en que hayan crecido...

A todos los que me habéis permitido y me seguís permitiendo sumar en vuestro equipo, a todos los que me habéis permitido y me seguís pidiendo ayuda para crecer, a los que me habéis dicho que hay un antes y un después de mi estancia con vosotros, a los que me habéis comparado con el eslabón que ha terminado de unir vuestra cadena, a todos los que seguís buscándome para ayudaros a tomar decisiones ... gracias por la confianza y por hacer de mi trabajo una experiencia personal de crecimiento.


sábado, 14 de enero de 2017

6 consejos si tienes que despedir a un trabajador

La peor parte del despido se la lleva el trabajador

A lo largo de mi vida profesional me he visto en demasiadas ocasiones en la difícil tarea de despedir a un trabajador. Los motivos, tan variados como las situaciones, desde un fin de proyecto inesperado hasta situaciones extremadamente delicadas rozando el delito. En en todas ellas, creo que lo importante es asumir que la peor parte se la lleva el despedido, que es una persona y no un recurso ni un número de empleado, y no vale decir que me vuelvo "aséptico" porque así soy más profesional y no sufro al comunicarlo.

Después de 20 años de vida laboral, no sólo he protagonizado estas situaciones desde ambos lados, sino que he visto, he vivido y he sufrido situaciones de lo más variado y, por desgracia, muy pocas en las que se haya tratado el momento con la delicadeza y la humanidad necesarias.

Está claro que nadie, por muchos años que lleve de directivo y por merecido que sea el despido, se acostumbra a ser el mensajero de malas noticias. Obviamente cuando digo "nadie", es nadie que tenga un mínimo de humanidad y no haya olvidado que, en cualquier momento, el tiempo lo pondrá en su lugar, y que, cuando se despide a alguien, la responsabilidad no es sólo del despedido... como jefes algo hemos hecho mal: o nos hemos equivocado al contratarlo, o no hemos sabido gestionarlo, o no hemos estado atentos a lo que ocurría y la situación se nos ha ido de las manos. ¿A cuántas personas conocéis que hagan esta reflexión tras un despido?... Yo, por desgracia, a muy pocas ... En cuanto el empleado sale por la puerta, pasa la situación a segundo plano... y al olvido.

Cuando pensamos en un despido, todos pensamos de manera automática en el momento en el que se le comunica la situación al interesado, pero el despido empieza mucho antes, con la toma de la decisión.
¿Qué aspectos debemos tener en cuenta en un despido? Son sólo mis consejos, lo que creo que pueden ayudar a la situación, pero no la convierten, ni mucho menos, en un buen trago

  1. Es muy importante tener claros los motivos y hechos concretos que hacen que se produzca esta situación, porque una vez comunicado, no hay marcha atrás. Alguna vez he visto esta situación: se llama al trabajador, se le comunica lo que ha sucedido... y ni era cierto ni nada más que un rumor!! El trabajador se acaba yendo igual, y se ha generado una situación totalmente insostenible.
  2. No sabemos cómo va a reaccionar el empleado y no somos dueños de su reacción, pero sí de la nuestra. Mantengamos la calma y escuchemos el "chorreo" siempre que se mantenga el respeto personal. Es el momento más difícil de la vida profesional de la persona que tenemos delante y es normal que quiera saber qué pasa y por qué. Para evitar estas preguntas, es bueno que antes hayamos hecho el trabajo de avisarle. Hay muy pocas situaciones (algunas hay) que hagan que tengamos que despedir a un trabajador de manera fulminante... y ahí el trabajador también es consciente de ello.
  3. Mantengamos la confidencialidad de la situación y no se lo comuniquemos a nadie que no necesite saberlo antes que al propio empleado. ¡Qué triste resulta que el empleado se entere de que lo van a despedir antes de que se le comunique por la vía correcta! Además de triste, hemos generado una situación de conflicto innecesario, ya que lo más probable es que se nos pidan explicaciones... con razón.
  4. En el momento del despido, mi opinión es que su jefe inmediato es quien debe comunicárselo, aunque no haya tomado la decisión. Es la persona que más lo conoce y que más cercana ha sido en el día a día con el empleado. Otra cosa es que cuente con el apoyo de RRHH para la entrega de documentación y explicación de la misma, pero no debe escaquearse porque es un trago muy duro. En ese momento, sobran los cumplidos y, sobre todo, las falsas promesas. ¡Lo estás despidendo! No te comprometas a nada que no puedas cumplir, y no digas frases como "yo no quería pero...", lo único que haces es confundir a la persona. Sé claro, explica los motivos y ponte en su lugar al escucharlos, pero no digas que te sientes peor que él, porque es falso.
  5. Permítele despedirse de sus compañeros. Hay muchos motivos de despido que no requieren tratar al trabajador como si hubiese prendido fuego al edificio. Sin embargo, en muchas ocasiones he vivido cómo se llama a la persona a última hora de la jornada laboral, 10 minutos antes de que termine, se le comunica el despido, se le acompaña a recoger sus cosas, y de ahí a la puerta. No hay despedidas, ni se trata a la persona con el respeto que merece. Esto va a provocar, seguro, inseguridades, miedos y rumores entre las personas que se quedan. Si no ha hecho nada terrible, despedirse y desear buena suerte es un momento de desahogo importante.
  6. Una vez se haya ido el trabajador, explica a los demás, de manera concisa y sin entrar en opiniones, que se le ha despedido y porqué. Para los rumores antes de que empiecen. Nada hay que sea más destructivo que un equipo con rumores y apuestas de quién va a ser el siguiente.

Y ya pasado el momento, reflexiona sobre lo que ha pasado, qué ha fallado, qué has hecho mal, qué debes corregir, o qué debe corregir la empresa o el equipo. No permitas que esta falta de reflexión te lleve a cometer de nuevo el mismo error.

Dicen que es de sabios rectificar... también lo es aprender de los errores y de las cosas que suceden.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Feliz 2017



A punto de terminar el año, parece que lo que toca es desearse felicidad, salud y éxitos para el año que está a punto de empezar pero, ¿por qué se nos olvida dentro de una semana? ¿por qué un cambio de día, o de mes, es más importante que los demás y saca de nosotros los mejores deseos? ... La verdad es que el porqué es lo de menos, y lo que importa es que efectivamente nace en nosotros esa buena persona que llevamos dentro y que nos hace decir ¡Feliz año nuevo!

Yo, además, quisiera también desearos...

 Que la "magia" de estas fechas se mantenga cada día
Que no dejéis de luchar cada día por vuestros sueños
Que la ilusión de los propósitos de año nuevo se mantenga todo el año

Que las buenas palabras y deseos que surgen en estas fechas desde el fondo de nuestra alma, se mantengan y crezcan durante cada día de cada año

Que cualquier día, y cada día, sea bueno para tender una mano y decir "feliz día" con la ilusión con la que ahora decimos feliz año
Que construyáis, cada día, el poquito que le toca a cada día, y no os falte la paciencia para alcanzar el resultado
Que os merezca la pena el esfuerzo para alcanzar cada meta y seguir creciendo un poquito cada día
Que si hay una caída, tengáis la valentía de levantaros
Y que lleguéis al 31 de diciembre de 2017 con más ganas de seguir manteniendo vuestra ilusión y vuestros deseos para otro año más

¡FELIZ 2017!



domingo, 11 de diciembre de 2016

Los 9 pasos de una decisión






Reflexionando sobre la vida, nos damos cuenta de que vivir supone siempre decidir: a veces decisiones intrascendentes, como qué me pongo hoy o si desayuno café, galletas o tostadas... otras, otras son lo más importante y suponen cambiar nuestra vida, nuestra manera de vivir, y que afectarán al resto de nuestra existencia, como puede ser un cambio de trabajo... o de vida. 

Para esas decisiones importantes es para las que merece la pena pararse e ir paso a paso. 

Las decisiones que salen bien, no es suerte, es que se han tomado bien. Otras decisiones salen mal... tampoco es mala suerte, es que las hemos tomado mal.

Y aquí pensamos... ya, ni que fuese tan fácil... Y no lo es... la única manera de aprender a tomar decisiones es tomando decisiones. Hay veces que tenemos la suerte de tener a nuestro lado a alguien que nos enseña a tomarlas: los consejos de nuestros padres y de las personas que nos quieren de verdad, y que muchas veces despreciamos sin analizar porque "no me entienden". Pero al final, si somos lo suficientemente humildes y honestos, saber escuchar los consejos de otros, los consejos dados desde el cariño y la experiencia en la vida, pueden ser un valor incuestionable para ayudarnos a tomar esa decisión que tanto nos preocupa. 

Porque sí, hemos de tomarla, las cosas no cambian porque sí, no cambian solas sin hacer nada, hemos de coger las riendas de nuestra vida y no quedarnos esperando en el limbo a que alguien las coja por nosotros. Si esperamos eso, nuestra vida será de otro, no nuestra.

1. Conoce la situación del problema que está requiriendo una decisión. Date el tiempo que necesites

Tenemos que ser conscientes de nuestro contexto, que puede tener situaciones tanto racionales como emocionales y que nos suponen un conflicto (si no fuese así, no necesitaríamos tomar la decisión). Muchas veces queremos resolverlo cuanto antes, sin pensar, de modo impulsivo o incluso angustiada. Sin embargo, si nos damos tiempo suficiente, podremos llegar a comprendernos, a tener una nueva visión de la situación o a plantearnos pedir ayuda a una persona en la que confiemos, que nos pueda aportar su visión sin juzgar, sólo con el afán de ayudar. 

Debemos darnos tiempo a expresar nuestro conflicto, nuestro problema, con serenidad, y admitir la diferencia entre los deseos y los proyectos o necesidades que debemos cubrir.

2. Define tu decisión. Descríbela objetivamente y no seas ambiguo

Lo mejor, obviamente, es dar este paso con la máxima precisión posible y para ello, aunque parezcan tópicos, son de mucha ayuda las preguntas básicas: qué, quién, cuándo, dónde, cómo, por qué ... y cualquier otro interrogante que nos ayude a deshacer posibles equívocos.

A lo que hay que llegar, en definitiva, es a definir cuál es el objetivo de la decisión, y cuanto menos ambigüedades, mejor. 
No se trata de definir esencias, sino de ser descriptivos sobre lo que hemos decidido hacer y dejar las subjetividades e interpretaciones lo más lejos posible.

3. Acepta lo que pasa y enriquece la información

Lo primero es aceptar lo que pasa, no auto-engañarnos, y a partir de ahí, buscar información sobre lo que es posible hacer. Si tienes la suerte de contar con quien puede, sabe y quiere ayudarte, acude a esa persona. No acudas a quien sabes que te va a decir sólo lo que quieres oír, eso sólo alimentará tus dudas. Prepárate para escuchar opiniones diferentes a las tuyas sin la predisposición de que "estoy en posesión de la verdad".

Muchas veces tomamos malas decisiones por falta de información y, en demasiadas ocasiones, por defendernos de información que pueden contrariar nuestros deseos. 

Busquemos, pues, el consejo de aquellas personas que, sin querer lastimarnos, buscan aportarnos una visión que no tiene por qué coincidir con la nuestra.

4. Clarifica los valores que entran en juego en tu decisión

Es el momento de ser sinceros con nosotros mismos, de decirnos y clarificarnos, de verdad, cuáles son nuestros valores, los que preferimos de verdad, no los que decimos que tenemos, los que decimos que preferimos o los que la sociedad o los que nos rodean nos han "impuesto". 

Lo que tenemos que decidir es lo que nos vale, lo que de verdad nos merece la pena, lo que queremos que dé sentido a nuestra vida.
Obviamente, esta reflexión lleva su tiempo y el reconocimiento de nosotros mismos. Las personas que mejor nos conocen nos pueden ayudar... si les dejamos que lo hagan. Pretender tomar estas decisiones solos a veces es demasiado aventurado.

Hay valores básicos para todos, pero no se trata de hablar de Maslow ni de necesidades primarias, se trata de que cada uno de nosotros debe vivir conforme a lo que le vale la pena para vivir, no conforme a lo que a veces decimos que nos gustaría como valor de nuestro proyecto de vida.

Cuántas veces hablamos de nuestros valores cuando no son nuestros, sino del que nos escucha, o de la sociedad en la que vivimos y en la que no queremos "destacar"
Además, debemos tener en cuenta el aquí y el ahora. No todos los momentos de nuestra vida son iguales y, en ocasiones, el tener que tomar una decisión es lo que de verdad nos ayuda a clarificar lo que nos vale para la vida, a nosotros, a mí, a ti. ¿Porque sabes? El único que va a vivir contigo toda tu vida y no le queda más remedio que hacerlo, eres tú.

 5. Busca las alternativas posibles para tu decisión, pero elige libremente

Somos capaces de identificar mucho mejor nuestros valores, lo que "nos vale", cuando escogemos opciones libres entre alternativas válidas. Lo que nos ocurre muchas veces es que nos "polarizamos" tanto hacia el problema, que nos olvidamos de pensar en que hay más de una alternativa o solución.

Construye alternativas a la situación y hazlo de la manera más libre posible. Empieza por una tormenta de ideas, escribe todas las vías que se te ocurran sin tener en cuenta su viabilidad. Sé sincero contigo mismo, escribe incluso opciones que a priori puedan parecerte descabelladas, y párate después a hacer una revisión crítica y realista de las posibilidades y eficacia de cada una de ellas.

A veces nos anclamos tanto en nuestra "única solución", que nos olvidamos de pensar en otras alternativas y acabamos excluyendo, sin saber, la mejor solución posible.

Lo que es importante es que nuestra decisión sea nuestra. No es lo que espera mi madre, mi pareja, mi jefe, mi amigo... es MI decisión, tomada libremente.

6. Analiza las posibles consecuencias de tu elección

De lo que se trata es de prever, con realismo, las consecuencias de cada una de las alternativas que hemos pensado. Sobre todo, estar muy seguros de que la decisión no es un "capricho", no supone sólo una resolución de mi voluntad en un momento concreto, sino de afrontar la vida de otro modo, o con otras circunstancias, o teniendo que modificar nuestras costumbres y rutinas, o incluso nuestros tópicos, esos que sin ser conscientes, todos tenemos y usamos en nuestras conversaciones con los demás... y con nosotros mismos.

Busquemos el momento oportuno, ese en el que nos sintamos preparados para someter, con tranquilidad, las alternativas a las consecuencias: ventajas o desventajas, posibles reacciones propias y ajenas. 

Todo tiene sus pros y sus contras y es posible que no exista ninguna solución que no pueda causar algún nuevo problema

 7. Plan de tareas. ¿Qué tengo que hacer?

Ya hemos pensado en qué. Ahora nos toca pensar en cómo. Cuáles son las tareas que tengo que hacer para construir mi decisión. Como en un proyecto, el más importante... nuestra vida... es bueno planificar las tareas en el tiempo, en el espacio, en quién ha de hacer cada cosa, en el nuevo talante que habrá que aportar.

El ver de antemano ese plan de tareas nos va a ayudar a tomar la decisión con la conciencia real de su posibilidad y de cómo se va a ir desarrollando. Evidentemente, tendremos que contar con cualquier persona que haya de intervenir en la decisión: su capacidad de respuesta, su disposición para colaborar, o su ausencia de ella.

8. Comprométete con tu decisión

Haz un chequeo a la libertad con la que tomas la decisión. Es el momento de saber si la decisión es mía o de otros

Sólo desde la propia libertad se decide bien
 Podemos hacernos algunas preguntas para saber si de verdad es nuestra la decisión:

  • ¿Lo hago porque no puedo fallarle? ... No es mía
  • ¿Sería peligroso para mí no hacerlo? ... No es mía
  • ¿Me resigno? ... No es mía
Lo que importa, al  final, es que no nos comprometan "desde fuera", sino que adquiramos libremente nuestro propio compromiso y nos responsabilicemos de nuestra decisión

Soy yo el que respondo de aquello a lo que me comprometo
Sin esta responsabilidad no hay decisión real, no nos hemos comprometido con ella. Esta es realmente la toma de la decisión.

9. Evalúa el resultado de tu decisión

Cuando hemos hecho el esfuerzo de tomar una decisión, también nos debe merecer la pena comprobar que las cosas siguen funcionando.

Para prevenir lo que se ve venir, debemos lograr que no venga
Si la decisión es importante, sigamos confiando en ella una vez tomada. En nuestra vida, a veces nuestras decisiones resultan fallidas y es muy importante localizar dónde está ese paso mal dado... y corregirlo. Muchas de las decisiones que tomamos son reversibles (aunque sea con daño) y rehacer el proceso puede ayudarnos a mejorar un poco la situación.

Haber cometido un error en nuestra vida por haber tomado una mala decisión, no tiene que atarnos el resto de nuestra vida a ella


Desde aquí, mi más profundo agradecimiento a mi queridísimo Joaquín, que siempre ha estado ahí, "abrazándome" en los momentos importantes de toma de decisiones en mi vida e inspirador absoluto de este artículo